Oda a los pequeños naturalistas del Museo del Prado (1893)

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En 1872, Francisco Giner de los Ríos (1839-1915) contemplaba el paisaje desde la cima de Las Guadarramillas y dejaba por escrito sus sensaciones, afirmando no haber sentido nunca “emoción más profunda, más grande, más solemne y más verdaderamente religiosa”.

Realizaba una dura crítica a la educación nacional, que no permitía experimentar los goces que proporcionaba a los jóvenes la experiencia de la observación directa de la naturaleza. Muchos pintores, como el propio Jiménez de Aranda o su amigo y maestro Joaquín Sorolla (1863-1923), estaban al tanto de las nuevas corrientes pedagógicas de los institucionistas que se extendieron a finales del siglo XIX y proponían también, en sus pinturas, el contacto directo con el mundo natural. La Institución Libre de Enseñanza defendía no solo la práctica de expediciones campestres, sino también la necesidad de instalar huertos y jardines próximos a los colegios donde los niños pudieran realizar prácticas botánicas.

Tanto la escuela infantil como la escuela de pintura empezaban a concebirse al aire libre. Este movimiento, que se prolongaría hasta la irrupción de la Guerra Civil Española en 1936, trató de renovar la educación para cambiar la vida y conseguir también una sociedad más justa y sana, en armonía con su entorno. La pintura luminosa y vitalista de este tipo de obras casa con la curiosidad constante propia de la infancia, que canalizada a través de la educación permitiría a múltiples generaciones disfrutar y vivir del paisaje que les rodeaba.

Esta obra del pintor Jiménez de Aranda (1837-1903) es una interpretación naturalista de la realidad, cercana e inmediata. Influido en sus inicios por la pintura histórica, sus grandes dotes de dibujante se vieron complementadas por el dominio del color y la luz tras sendas estancias formativas en Roma (1871-1875) y París (1881-1890). Su estilo es colorista, con un riquísimo abanico de matices.

El cuadro  muestra una escena cotidiana infantil, en la que unos niños, reunidos en el rincón de un huerto de una casa de campo, observan con gran atención el movimiento de un escarabajo que se ha dado la vuelta. El artista muestra la naturaleza al aire libre, similar a la que alcanza en su obra titulada El tronco viejo (1886), realizada unos años antes y conservada en el mismo museo; en ambas influye ese nuevo sentimiento naturalista del paisaje. En Los pequeños naturalistas añade, además, un especial conocimiento del mundo infantil y su capacidad de observación. Alrededor de los niños, un paisaje arbolado sitúa el entorno en el que se desenvuelven y desarrollan su curiosidad por el mundo.

A estos pequeños naturalistas los podemos encontrar en el Museo del Prado ¿quién no ha analizado insectos cuando era niño sintiéndose como un pequeño Cuvier o Linneo? La curiosidad es la mejor forma de aprender.

Originalmente publicado en: www.101obrasmaestras.com

Para saber más:

  • Giner de los Ríos, F., Por una senda clara: (antología) (Sevilla: Junta de Andalucía-Consejería de Cultura, 2011).
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