Aquellas maravillas mecánicas

VaucansonSe dice que durante el siglo XVI, un extraño hombrecillo recorría las calles de Toledo. Este era, ni más ni menos, que un autómata; el llamado “hombre de palo”. Éste se atribuyó a Juanelo Turriano (Cremona, 1501- Toledo, 1585), un inventor del siglo XVI al que el olvido hizo desaparecer casi por completo, pese a que fue el inventor de la maquinaria que hizo posible elevar el agua del Tajo hasta el Alcázar de Toledo.

“Nos habla D. Antonio Ponz, en su Viaje, de otro autómata atribuido a Juanelo Turriano, del Hombre de Palo. El mecánico de Cremona, autor de máquinas notables —que él mismo describe en el manuscrito de cinco tomos conservado en la Biblioteca Nacional—, muy verosímilmente pudo hacer este muñeco de madera, para entretenimiento de los toledanos. Se dice que el autómata iba desde la casa de su autor a la del Arzobispo, donde tomaba en un azafate la ración de pan y carne, haciendo cortesías al ir y al volver. Acaso, en corto recorrido atravesase la calle, de una a otra fachada, por medio de un artificio de ruedas y jarcias (a modo de correa sin fin), o tal vez pendiente de éstas iría de hueco a hueco de ambas casas”[1]

Así se relataban las andanzas de este misterioso artefacto de rasgos humanos, que deambulaba por las callejuelas toledanas, al que incluso Bécquer quiso dedicarle una de sus leyendas y que hoy da nombre a una de las calles de la localidad.

Los autómatas eran máquinas “vivientes”, artefactos que pretendían simular a los vivos, a los seres humanos. Podríamos decir que fueron los primeros robots. Sus movimientos se basaban en el mecanismo de los relojes, donde el movimiento tiende a ser preciso, acompasado y armónico; como un teatro mecánico de la naturaleza.

El arte se ha nutrido de esta idea para crear imágenes donde tecnología y ser forman una única cosa. Al fin y al cabo, el funcionamiento de nuestro cuerpo podría ser explicado como la actividad de una fábrica, tal como muestran las ilustraciones del médico y artista Fritz Kahn, cuyas metáforas fusionan anatomía y tecnología, entendiendo el cuerpo como parte de la invasiva industrialización que proyecta la forma de vida en las ciudades del siglo XX.

 

Según el profesor Simon Schaffer los autómatas evolucionaron desde la imitación a la simulación. Aquellos autómatas que querían imitar a los humanos, consiguieron finalmente su ansiada “autonomía”, constituyéndose socialmente como objetos vivientes por sí mismos. Los estudios derivados de su creación impulsaron una nueva idea del ser humano en el siglo XVIII, la concepción de que el funcionamiento del cuerpo se basaba en impulsos automáticos, como una máquina. En el documental de la BBC Mechanical Marvels, Schaffer nos relata la historia social de estas máquinas humanas que fueron los preceptores de la inteligencia artificial, con precursores como Jacques Vaucanson (1709-1782) o la familia Jaquet-Droz, autores del famoso autómata escritor, que en el siglo XVIII era capaz de producir textos de unas cuarenta palabras. Y no sólo eso, pues la humanización del autómata era tal que además de escribir era capar de mojar la pluma, escurrir la tinta sobrante y levantar la mirada, deteniéndose en el papel como si estuviera tomando aire para pensar sus próximas palabras.

 

Otras de estas maravillas vivientes fueron creadas por Joseph Merlin (1735-1803), un excéntrico inventor londinense que nos legó la creación de los patines y simuló mecánicamente el movimiento del agua, a través de un cisne de plata. Pero en esta historia también hubo farsantes, como el conocido autómata llamado El Turcoun jugador de ajedrez que no perdía una sola partida.

Turk-Automaton

Tenía forma de cabina de madera, donde se mostraba un complicado mecanismo de relojería. Sin embargo, todo era un elaborado trampantojo que escondía a un maestro de ajedrez (humano) en su interior.  Una paradoja en la que el humano pretende ser una máquina, que a su vez pretendía ser humana.

Los creadores de estos artilugios fueron en su mayoría relojeros, artesanos que alcanzaron gran fama y prestigio social. Esas mismas máquinas que a día de hoy, están destinadas a reemplazarnos.

 

 

Para saber más:

  • Si tenéis la oportunidad de viajar a la ciudad de Lyon (Francia), no debéis perderos este modesto pero interesante museo, en el conocido Vieux Lyon. Yo tuve la oportunidad de hacer mi ERASMUS allí y lo descubrí por casualidad. Es una pequeña joya: http://www.museeautomates.com
  • Esta película que me fascina y que fue tan bien perfilada por la prosa crítica de Carlos Boyero. Aunque el argumento se sitúa alrededor de la construcción de un pequeño autónomata, no trata principalmente sobre ellos sino, más bien, sobre la fascinación: La mejor oferta (Giuseppe Tornatore).

 

 

 

NOTAS:

[1] CAVESTANY, Julio. “Autómatas curiosos Los de la Catedral de Burgos y otros. Los románticos”, Arte español. Revista de la sociedad española de amigos del arte, TOMO XV, año XXVIII, III de la 3ª época, primer trimestre de 1944, p. 5. https://ddd.uab.cat/pub/artespSEAA/artespSEAA_a1944v28t15n1.pdf

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