Paisajes no inocentes

La primera vez que se pintó un paisaje, fue cuando la palabra paisaje empezó a utilizarse. Esta afirmación encuentra su base a la tesis del omnipresente Foucault, que defendió que es el lenguaje el que “nombra, que recorta, que combina, que ata y desata las cosas”[1]. La mirada del hombre es la que determina y define, pero además, también construye y crea realidades, porque como decía Gombrich “no hay ojo inocente”[2]

 

[1] FOUCAULT, Michael. Las palabras y las cosas, Argentina: Siglo XXI Editores, 1968, p. 302.

[2] GOMBRICH, Ernst. Art and Illusion. A study in the psychology of pictorial representation, New York: Princeton University Press, 2000, p. 297.

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