Definir el paisaje

El paisaje ha sido definido por diferentes pensadores y depende fundamentalmente de la percepción del medio por el individuo a través de los sentidos. Es el ambiente externo, natural o artificial, que puede ser directamente percibido o vivido por una persona cuando observa o se integra en un medio físico más amplio.

Según la Convención Europea del Paisaje.

“Landscape means an area, as perceived by people, whose character is the result of the action and interaction of natural and/or human factors” (Council of Europe: 2000).

El paisaje puede concebirse comúnmente como un todo formado por distintos elementos relacionados entre sí que se representan en un panorama, un territorio o una vista. Entre estas tres acepciones, vista sería la más acertada ya que introduce la subjetividad, es decir, la apreciación humana de un territorio a través de los sentidos.[1]

En el paisaje, existe una relación dual entre el espectáculo y el espectador. El espacio terrestre, formado por los elementos naturales, adquiere unas determinadas características a través de las referencias culturales de quien lo contempla y esas referencias se acentúan, todavía más, en quien lo reproduce. Por ello, el paisaje por sí mismo es integrador. Integrador de morfologías e ideas, de objeto y percepción y al fin y al cabo es el resultado de las relaciones de la naturaleza con el ser humano.

Desde un punto de vista subjetivo, un paisaje no solamente se ve y se contempla, sino que se siente, se asimila con todos los sentidos y penetra en nuestro cuerpo y nuestra mente produciendo determinados sentimientos. Recordemos que “sentir” la naturaleza forma parte del ideal romántico que tanto influye en Humboldt:

“El simple contacto del hombre con la naturaleza, esta influencia del gran ambiente, o del aire libre, como dicen otras lenguas con más bella expresión, ejercen un poder tranquilo, endulzan el dolor y calman las pasiones cuando el alma se siente íntimamente agitada, estos beneficios los recibe el hombre por todas partes, cualquiera sea la zona que habite, cualquiera que sea el grado de cultura intelectual a que se haya elevado” [2]

El paisaje, aunque es un concepto definido, varía en función de quien lo mira y desde el que se observa. Dicho esto, podemos afirmar que el paisaje es un concepto que tiene mucho que ver con la sociedad en la que el observador está inmerso y sus representaciones culturales. “El núcleo de una investigación antropológica se concentra en el valor simbólico que las personas otorgan al lugar que habitan (…) donde desarrollan su vida. La razón es simple: percibimos, comprendemos y creamos el paisaje a través del filtro de nuestra cultura”[3]

El paisaje es cambiante y dinámico. Éste adquiere determinados valores, no sólo entendido en culturas diferentes sino también entre distintos contextos de una misma cultura. Podemos distinguir entre paisajes pictóricos, literarios, urbanos o incluso paisajes sonoros. Por lo tanto, entendemos que el paisaje se entiende con todos nuestros sentidos. Además, aunque puede representarse y aprehenderse a través de diferentes artes como la literatura, la pintura o la fotografía, está en constante movimiento, es dinámico. La razón de esta afirmación es que absolutamente ningún paisaje permanecerá nunca inmóvil ya que no sólo cambian los paisajes sino también “el ojo que los mira”.[4] De esta forma, el paisaje se convierte en un concepto polisémico, en el que a partir de la correlación de multitud de elementos se conforma un todo que podrá ser interpretado desde el punto de vista de la historia cultural del conocimiento.

El análisis del paisaje, entendido como un resultado de prácticas sociales, se convierte así en una construcción social y analizarlo “nos permite mostrar la acción del hombre a lo largo del tiempo y reconocer aspectos de nuestra historia en el paisaje actual”.[5] En este sentido, los orígenes del paisaje se pueden entender como una expresión cultural. El paisaje que se siente como reflejo de la naturaleza en el interior del ser humano. Ese es carácter de paisaje que  sería defendido desde el movimiento romántico. La Filosofía de la Naturaleza (Naturphilosophie) es una visión del mundo material y espiritual derivada del idealismo de Kant y Fichte en la que el racionalismo ilustrado deja paso al romanticismo, reivindicando el desarrollo de la libertad. A finales del siglo XVIII se impulsará un nuevo modo de sentir la naturaleza basado en ideas como la subjetividad, la intuición o el misticismo. Éstas quedarán recogidas en autores como Goethe y Schelling que en sus obras elaborarán el la base definitiva para los principios filosóficos del movimiento romántico. En 1807 Schelling pronunciará ante la Academia de Ciencias de Munich La relación del arte con la naturaleza, donde finalmente vinculará el concepto de la unidad del cosmos con principios estéticos.

Posteriormente, Alexander von Humboldt, continuador de esa idea romántica, en su valiosa forma de sentir y reproducir la naturaleza, defiende una realidad en la que se integran los elementos geográficos, naturales y humanos. Entendiendo el paisaje como una combinación entre el conocimiento científico y la imaginación del artista, conformando el género paisajístico como la perfecta unión entre arte y ciencia.

¿Quieres saber más sobre Alexander von Humboldt? He colgado algunos de mis trabajos sobre él AQUÍ

NOTAS:

[1] No es una casualidad que “vista” sea el término escogido por Humboldt para su Vues des Cordilleres.

[2] Humboldt, Cosmos o ensayo de una descripción física del mundo. 1847

[3] Álvarez Muñárriz, Luis: “La categoría de paisaje cultural” en Revista de Antropología Iberoamericana. Universidad de Murcia. Vol 6  Nº 1. enero-abril 2011, Pp. 57-80

[4] Martínez de Pisón, Eduardo: “Reflexiones sobre el Paisaje” en Ortega y Cantero, Nicolas (ed.): Estudios sobre Historia del Paisaje Español, Serie Estudios Historia y Paisaje, Madrid: Los libros de la Catarata, 2002, pp. 17.

[5] Amores, F. y Rodríguez-Bobada, M. C.:“Paisajes culturales: reflexiones para su valoración en el marco de la gestión cultural” en Territorio y Paisaje. Los paisajes andaluces, Granada: Comares, 2003.

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